Recuerdo que,
cuando era adolescente, me molestaban muchas cosas, algo esperado en esa etapa
de la vida donde estamos encontrando quienes somos. Pero, en lugar de disiparse
con el tiempo, esas molestias se convirtieron en inquietudes que había que
investigar. Era imperativo descubrir por qué desataban sentimientos tan
intensos, tormentas de coraje y lágrimas de rabia.
¿Por qué me molestaba que mi abuelo nos tratara como
si nuestro deber fuera ser sumisas y obedecer? ¿Por qué mi abuela era sumisa?
¿Por qué se esperaba cierto comportamiento de mi? ¿Por qué mi mamá le servía la
comida a mi hermano y no a mi? ¿Por qué nunca se le enseñó a cocinar? ¿Por qué
tenía que esconderme para ver a mi novio? ¿Por qué ningún amigo podía visitarme
a casa?
Poco a poco descubrí que esas conductas eran el
disfraz del machismo. Y que, hace varias décadas, muchas mujeres se habían
rebelado contra estas convenciones. En la universidad, tomé cursos de género,
aprendí mucho de mujeres que le han dedicado su vida a la equidad y conocí
compañeras -- que se convirtieron en amigas -- que compartían mi sentir.
He ido construyendo mi vida apartándome de esas
condiciones. Cuando quedé embarazada y supe que tendría un varón, mi primera
preocupación fue como iba a criarlo fuera de esas estructuras que la sociedad
tanto promulga como correctas. Y esto no solo era pensar en no comprarle
juguetes sexistas o ponerle ropa rosada, era imaginar los ejemplos que vería,
las conductas que tenemos sin darnos cuenta. Pensé que nuestro ejemplo sería
suficiente. Pero no, el ejemplo tendrá que venir acompañado de teoría, pues no
todos en su familia comparten – o entienden – lo que es la equidad de los géneros.
Esta situación se hizo más evidente en días
recientes. Momentos en los que he vuelto a sentir la tormenta, una que pensé
que la madurez y la capacidad de ignorar (una que no he dominado bien aún)
habían aquietado. ¿El culpable? El disfraz del machismo, uno que muchos llevan
pero no se dan cuenta o no entienden que lo tienen puesto. Uno que está tan
incrustado en su sistema que, el solo mencionar que lo padecen, les hace creer
que son atacados. Uno que defienden con uñas y dientes.
Voy a tomar este espacio – sin ánimos de ofender --
para dar la explicación que nunca me dejarán dar.
Para quitarse el
disfraz del machismo hay que ser equitativo. No aplaudir lo incorrecto, no
importa que quien lo haya hecho. Lo que está mal, está mal. Simplemente, no se
puede alabar en alguien cercano lo que criticarías en un lejano. No creo que
eso sea difícil de entender. Al final del día, estas son mis convicciones, no
tiene que ser el credo de nadie más. No pido que las adapten, solo que las
entiendan.
El favorecer al hijo varón con unas conductas y no replicarlas
con la hija es machismo. Se espera que la madre complazca, alague y apapache al
varón no importa que. Ese no es el caso con las hembras, a esas se les exigen
ciertos comportamientos, solo por su género. Eso, señoras, es machismo.
Lo que ya está torcido y contaminado no se
puede limpiar. No espero que personas que llevan más de cinco décadas
viviendo bajo la opresión del machismo cambien. Solo deseo que tengan la
capacidad de entender, de escuchar y de analizar. Solo espero que la vida
me permita llevarle ese mensaje a mi hijo y que, si desea tenerlos, lo pase a
los suyos. Solo criando generaciones equitativas podremos quemar el disfraz del
machismo. Ese que a veces llevamos sin darnos cuenta.