jueves, 22 de agosto de 2013

Impedido



Llevo días pensando en escribir este post. Dos semanas para ser precisa. Si lo analizo cuidadosamente, quizás tres años.

Nunca —excepto por mis descargas contra los planes médicos— he escrito nada sobre la condición de Santiago en ningún foro público o social. No me gusta usar Facebook, Twitter o mi blog para promulgar mis situaciones personales, buenas o malas. Quienes saben de su condición son personas cercanas, algunos de mis compañeros de trabajo y, claro está, sus médicos.

Santiago tiene hemiparesia derecha. Según me explicó su neuróloga, las mujeres hipercoagulamos en el embarazo. En algún momento durante la gestación le pasé un coágulo de sangre que le causó un derrame menor en la materia blanca del lado izquierdo de su cerebro. La materia blanca regula el movimiento motor. Como el derrame fue en el lado siniestro, su impedimento se refleja en diestro.

Sí, IMPEDIMENTO. Digiéranlo, procésenlo y acéptenlo. Santiago García Fraguada El Bebé Súper Héroe Super Why y Turbo (autodenominación de su creación) tiene impedimento para trabajar con su lado derecho.

Por ende, es IMPEDIDO. Relee, procesa, acepta. No hay nada malo con la palabra. Es como negro, homosexual, latino y soltera. Solo son etiquetas de la sociedad.

Sin embargo, a muchas personas les da trabajo decirla, y mucho más aceptarla. Ven a tu niño con un yeso –colocado hace dos semanas para ayudarle a controlar su incontrolable impulso de tener el pie en punta— y te dicen “Ay, me da pena” “¿Qué le pasó?”.

Le dices a la gente “es impedido” y se espantan, se ofenden y te piden que no digas que es impedido. Que no lo es. ¿En serio? Una negación que tan siquiera sus padres tenemos.

Hablas con la gente honestamente de como te sientes con la situación. Haces chistes morbo para bregar con las frustraciones del plan, las cuatro terapias semanales y la carga económica que implica tener un niño con “necesidades especiales” y te miran como si fueras la peor madre del mundo. Como si fuéramos los padres más crueles de la vida. Al parecer sería mejor que me sentara a llorar por las esquinas, maldiciendo su suerte. Nuestra suerte.

Santiago no necesita pena ni negación. Necesita amor, risas, gente que abone a esa inteligencia agresiva que le sale por los poros. Inteligencia que demuestra en cada evaluación, en cada interacción con sus terapistas y en cada intento de manipulación.

No necesita miradas tristes, ni llanto. Necesita crecer con seguridad en sí mismo y autoestima sólida. Necesita aprender a reírse de sí mismo (algo que todos necesitamos en algún punto). Necesita que sus padres seamos persistentes con su tratamiento.

Yo necesito que la gente le deje de tener pena. Necesito que se traguen las miradas si quiero decir a los cuatro vientos que es impedido. Necesito que le pierdan el miedo a la palabra impedido. Para mi no es un estigma.

Si digo que la maternidad es difícil, no necesito que me la adornes con que los hijos son la mayor bendición. ¿Sabes qué pienso de eso? WHATEVER. No creo ni en las bendiciones ni en las maldiciones. Creo que la vida nos manda lo que podemos trabajar. Estoy segura que en ningún otro hogar, con ningunos otros padres, Santiago tendría la oportunidad de rehabilitación que tiene con nosotros.


No cambio sus momentos de terapia, pues me dan media hora para amar a mi Kindle (aunque dinero para pagarlas más cómodamente no viene mal).

No me importa, ni me interesa que sea normal. Normal es aburrido. Mi plan es que sea un niño de bien, un adulto que se dedique a convivir en paz con su prójimo, que no sea homofóbico, ni racista, ni machista.

martes, 30 de abril de 2013

El disfraz del machismo


Recuerdo que, cuando era adolescente, me molestaban muchas cosas, algo esperado en esa etapa de la vida donde estamos encontrando quienes somos. Pero, en lugar de disiparse con el tiempo, esas molestias se convirtieron en inquietudes que había que investigar. Era imperativo descubrir por qué desataban sentimientos tan intensos, tormentas de coraje y lágrimas de rabia. 

¿Por qué me molestaba que mi abuelo nos tratara como si nuestro deber fuera ser sumisas y obedecer? ¿Por qué mi abuela era sumisa? ¿Por qué se esperaba cierto comportamiento de mi? ¿Por qué mi mamá le servía la comida a mi hermano y no a mi? ¿Por qué nunca se le enseñó a cocinar? ¿Por qué tenía que esconderme para ver a mi novio? ¿Por qué ningún amigo podía visitarme a casa? 

Poco a poco descubrí que esas conductas eran el disfraz del machismo. Y que, hace varias décadas, muchas mujeres se habían rebelado contra estas convenciones. En la universidad, tomé cursos de género, aprendí mucho de mujeres que le han dedicado su vida a la equidad y conocí compañeras -- que se convirtieron en amigas -- que compartían mi sentir.

He ido construyendo mi vida apartándome de esas condiciones. Cuando quedé embarazada y supe que tendría un varón, mi primera preocupación fue como iba a criarlo fuera de esas estructuras que la sociedad tanto promulga como correctas. Y esto no solo era pensar en no comprarle juguetes sexistas o ponerle ropa rosada, era imaginar los ejemplos que vería, las conductas que tenemos sin darnos cuenta. Pensé que nuestro ejemplo sería suficiente. Pero no, el ejemplo tendrá que venir acompañado de teoría, pues no todos en su familia comparten – o entienden – lo que es la equidad de los géneros.

Esta situación se hizo más evidente en días recientes. Momentos en los que he vuelto a sentir la tormenta, una que pensé que la madurez y la capacidad de ignorar (una que no he dominado bien aún) habían aquietado. ¿El culpable? El disfraz del machismo, uno que muchos llevan pero no se dan cuenta o no entienden que lo tienen puesto. Uno que está tan incrustado en su sistema que, el solo mencionar que lo padecen, les hace creer que son atacados. Uno que defienden con uñas y dientes. 

Voy a tomar este espacio – sin ánimos de ofender -- para dar la explicación que nunca me dejarán dar.

Para quitarse el disfraz del machismo hay que ser equitativo. No aplaudir lo incorrecto, no importa que quien lo haya hecho. Lo que está mal, está mal. Simplemente, no se puede alabar en alguien cercano lo que criticarías en un lejano. No creo que eso sea difícil de entender. Al final del día, estas son mis convicciones, no tiene que ser el credo de nadie más. No pido que las adapten, solo que las entiendan.

El favorecer al hijo varón con unas conductas y no replicarlas con la hija es machismo. Se espera que la madre complazca, alague y apapache al varón no importa que. Ese no es el caso con las hembras, a esas se les exigen ciertos comportamientos, solo por su género. Eso, señoras, es machismo.

Lo que ya está torcido  y contaminado no se puede limpiar. No espero que personas que llevan  más de cinco décadas viviendo bajo la opresión del machismo cambien. Solo deseo que tengan la capacidad de entender, de escuchar  y de analizar. Solo espero que la vida me permita llevarle ese mensaje a mi hijo y que, si desea tenerlos, lo pase a los suyos. Solo criando generaciones equitativas podremos quemar el disfraz del machismo. Ese que a veces llevamos sin darnos cuenta. 

sábado, 9 de febrero de 2013

Más de los casi 30

Es obvio que un solo post no es suficiente para cubrir los cambios que se dan de una década a la otra. Aquí otra lista de cambiecillos que sufrimos (o sufro) en el umbral de los treinta:

1. Bye-bye bikini, welcome tankinis
Sí, soy una hater de aquellas que quedaron con el cuerpo intacto luego de parir. Ese no es mi caso, mi hijo pesó casi nueve libras y midió 21.5 pulgadas, así que destrozó mi abdomen por siempre. No importa cuanto ejercicio haga (que no hago y ¿qué pasó?) las estrías y la piel de viejita no se va a ir. Así que he comenzado mi colección de sexy tankinis y trajes de baño de una pieza. 


See? Sexy
Smokin' hot, bitches!


2. Gasto más en compra que en ropa
Días dorados aquellos en los cuales mi sueldo se iba en camisas y zapatos. Ahora se va en meriendas, carnes, vegetales y cosas que alimentan el cuerpo, no el clóset. Creo que el mío parece un poco de anorexia en los últimos años. 

¿Hay una camisa ahí?

3. Un Big Mac engorda! (No shit!)
Sí, no es carne de verdad, es basura, da cáncer, pero qué bueno sabe!!!!! Épocas doradas aquellas donde un Big Mac no me engordaba. Si me como una ahora, aumento tres tallas! 

Enjoy that extra weight, bitches!

4. Veo películas mierda para distraer mi mente
Creo que si hace cinco años hubiesen tenido una Fine Arts Preferred Member Card, hubiese tenido más puntos que nadie. Disfrutaba como nada de ir a ver películas de cine arte que me hicieran cuestionar el valor del mundo y ver lo mierda que es nuestro sistema. Hoy puedo ver cosas sin sentido y me siento bien! Me he convertido en parte de la masa que, actually, usa el cine para divertirse, no cuestionar. 



So, qué creen? Con o sin hijos, sus casi treinti son igual que sus veinti?




jueves, 24 de enero de 2013

Nuevo año. Nuevo nombre. Nueva década.

1983. 2013. Hagan el cálculo. No hay de otra, son 30 años. Pensando en qué hace a este cambio de década tan shocking para muchos, solo puedo llegar a una conclusión. En la mente de mi generación los veinte eran para joder, encontrarte y comenzar a formarte para llegar a la verdadera adultez: los TREINTA. Cuando llegas a este portal misterioso, no puedes evitar reflexionar sobre donde estás y donde querías estar. SCARY SHIT!

Así que, conmemorando que ya dos de mis mejores amigas cruzaron el charco, he decidido cambiar el nombre de este blog y dedicarlo a temas variados. Desde locuras que veo en la Internet, la vida diaria y la crianza de mi hijo.

Voy a comenzar el cambio de look del blog para hablar de las cosas que jamás hubiese hecho en los veinte y que hago ahora, en la víspera de mis treinta:

1. Limpio caca de un potty. Como muchos saben, estoy entrenando a mi hijo para ir al baño, así que la nueva misión de las mañanas y las tardes es limpiar el potty de caca y pipi. En los veinte, quizás estaría limpiando vómito de la tapa del baño luego de sobrevivir la borrachera del jangueo.


2. Uso faja. Mi cuerpo de los veinte no exigía recoger el resultado de un bebé o de las 10 libritas que se aumentan por década. Ahora mi inseparable amiga cuando visto traje es la faja. Sí, quisiera ser de aquellas que tienen un cuerpo que con traje ni se ponen panties, pero no. Uso faja y ¿qué paso?



3. Tengo un trabajo de oficina con responsabilidades. En los veinte quizás desaproveché la oportunidad de parecer profesional en algunas cosas. Sin embargo, la madurez luego de los 25 me ayudó a resaltar en el mundo corporativo. Kudos to me!




4. Tengo más playdates que actual dates. Parte de la maternidad es cambiar el jangueo en el pub por el jangueo en el parque o en las casas. Ahora mi novio y yo tenemos dates de cerveza en casa o partiseo en marquesinas de nuestras amistades más cercanas.




5. Uso una crema de ojos para el día y una para la noche. En mis veinte, el mismo humectante y la misma crema de ojos eran suficientes para la juventud de mi piel. Su nueva realidad de líneas en los ojos exige un tratamiento para reducirlas. Triste realidad.


6. Cuando bailo Vico C pienso en que soy como mi mamá cuando se emocionaba al escuchar Chicago. Para todos aquellos que crecimos en los noventa, Vico C era como lo más cool y nuevo ever. Welcome to reality, Saboréalo fue 20 años atrás.




7. Borrachera de noche, acidez de día. Recuerdo los días en que emborracharme se curaba con una chonqueadita y vivía feliz al próximo día. Ahora el hangover de un jangueo me dura día y medio. #foreverold


domingo, 27 de mayo de 2012

¡Qué viva la teta!


Hace varias semanas la revista Time tuvo como portada una foto de un niño trepado en una silla lactando del seno de su madre. El titular de la portada era:  Are you mom enough? El tema de la lactancia y la crianza de apego está de moda. En particular porque muchas mujeres jóvenes que se convierten en madres deciden hacer lo que humanamente les toca, lactar a sus hijos.

Me cuesta entender como algo tan natural sigue siendo tan criticado. No entiendo cuál es el show de la gente cuando una madre se saca la teta a lactar a su hijo. ¿Por qué no ponen cara de espanto cuando las ven sacando botellas de fórmula? ¿Por qué no juzgan tan duramente cuando ven madres alimentado a sus hijos con el veneno de los fast foods?

Aunque no estoy totalmente de acuerdo con como se presentó la lactancia en la portada de la revista –pues me parece que promueve la burla y la crítica ignorante—no veo cuál es el problema de que una madre lacte a su hijo hasta que le de la gana. Eso de que los niños que son lactados mucho tiempo después tienen algún tipo de trauma sicológico no lo compro. La lactancia es lo más natural que existe y este tipo de portadas y persecución es una de las cosas que frustra a las madres lactantes. Para un niño la teta es comida. La mala no es la madre que alimenta a su hijo donde lo pide. Malos son los asquerosos que se excitan por ver una simple teta. Malas son las mujeres que critican a otras por lactar. 

lunes, 23 de abril de 2012

La belleza de decidir

Haciendo mi navegación de rutina, encontré un artículo en la revista Newsweek que quisiera compartir. http://www.thedailybeast.com/articles/2012/04/23/elisabeth-badinter-s-the-conflict-does-modern-motherhood-undermine-women.html

Creo que uno de los mayores choques culturales que he tenido desde que quedé embarazada es la idealización de la maternidad. De que el embarazo es lo más bello que hay, que no hay nada más grande que ser madre. Respeto a las que opinan así. Aunque pienso que la maternidad es una gran experiencia, confieso que ese no fue, es y será mi pensar. Y por eso, en parte, estoy de acuerdo con algunos de los postulados de esta feminista.

La realidad es que sí, es cierto, los estándares de la maternidad moderna se remontan un poco a las expectativas de la década de los cincuenta. Sí, es cierto, la lactancia esclaviza, el preparar alimentos en la casa demanda tiempo y todos los días las madres que trabajamos luchamos para mantener un balance entre nuestra individualidad y las necesidades de nuestros pequeños.

Sin embargo, no me arrepiento ni un minuto de lactar a mi hijo por un año, de pelar viandas y darle el mejor alimento. Y no porque quisiera llenar las expectativas de la maternidad moderna, sino porque reconozco que las comidas para bebés que venden en los colmados es basura llena de colorantes y sabores artificiales. Lacté porque igual pienso que la fórmula es veneno (aunque respeto a las madres que deciden otros métodos de alimentación).

Creo que jamás preferiría quedarme en casa y no trabajar para quedarme con el niño. De veras que valoro mi independencia laboral, además para algo estudié. No creo que eso me haga mala madre. Confieso sin miedo que a veces me gustaría que mi vida fuera menos complicada, tener tiempo para pintarme las uñas de los pies con calma y no tener que estar tres semanas para coordinar una cita para teñirme el cabello. Me fascinaría volver a vivir con espontaneidad, sin tener que planificar cada salida con una semana de anticipación. Y, ¿saben qué? Creo que la madre que diga que nunca se ha sentido así es una mentirosa. No creo que mis sentimientos me hagan ser una madre desapegada. Nadie puede juzgar mi compromiso con ese gordo, pero los primeros años del desarrollo de un niño implican la pérdida de identidad de la madre. Es la realidad. Y eso, para una persona que siempre ha valorado su independencia, es un gran reto.

Algunas de las ideas expresadas en el libro de Elisabeth Badinter me parecen un poco fuera de la realidad. Creo que cada madre crea su libro. Y creo que lo mejor que tiene el feminismo es la libertad para escoger. Para decidir si queremos lactar, si queremos pelar viandas, si queremos trabajar o quedarnos en casa, si queremos parir o abortar. ¿Qué creen ustedes?

martes, 28 de febrero de 2012

Disney in reality

Hace varias semanas se dio en Facebook una conversación interesante. Una niña de menos de tres años había recibido regalos de las Princesas de Disney. Su argumento era simple, quería que su hija no creciera con las falsas expectativas de vida que promueven las princesas. A mi juicio, una preocupación muy válida. Sin embargo, la mayor parte de las personas que comentaron, decían que la dejara ser niña y que tendría tiempo en la adultez para darse cuenta de cómo era la realidad. Por un momento, quise decirles a todas esas mujeres que la preocupación de esa madre era genuina, que en la niñez es que se forman las expectativas de vida que tendremos de adultos. Y, ¿cuáles son las expectativas que promueven las princesas? Una vida de lujos en la que tu única misión es esperar al príncipe azul y servirle como esposa abnegada. Las princesas son delicadas, femeninas, sumisas e inútiles. Ninguna sobreviviría en situaciones extremas.
Lanzo esta pregunta al aire. ¿Cuántas mujeres que conocemos no se aferran a una visión de vida Disney y se sienten desilusionadas cuando les azota la dura realidad? ¿No debemos preparar a nuestras niñas para la realidad? ¿No debemos formarlas en seres humanos funcionales? Ojo, no es que los niños no tengan ilusiones, pero esas ilusiones tienen que venir acompañadas de enseñanzas, de herramientas para enfrentar la vida, de aprender a labrarse un futuro independiente tomando en cuenta las limitaciones de cualquier tipo (financieras, sociales, etc). Entonces sí, que las pequeñas jueguen con lo que más le guste, pero es nuestra responsabilidad como padres trazar la frontera entre la ficción y la realidad.