Hoy vi
algo que casi me saca las lágrimas. Luego de que le removieran el yeso ayer, mi
hijo flexionó hacia arriba su pie derecho. (Añadir tono de emoción con baile y
música).
Para ser
honesta, no creí que el yeso iba a mejorar tanto la elasticidad de su pie. Sin
embargo, se siente casi tan relajado como el pie izquierdo. Hoy no tenía ningún
equipo y caminó casi completamente con el pie abajo. Son logros pequeños, pero
alegran mi día. Me hacen sentir que lo estamos haciendo bien, que lo estamos
ayudando.
Cuando
la terapista le explicó lo que tenía que hacer, rápido lo ejecutó con el pie
izquierdo. El turno del derecho requirió ánimo. Cuando Mayra le pidió que lo
hiciera dijo: “No puede, no quiere subir”. Como diciendo que el pie no quería
seguir su instrucción. Lo dijo en un tono de changuería bañada de duda. Imagino
que en su mente no entendía por que un pie lo hacía sin pensarlo y el otro no.
Lo miré
y le dije (cuál porrista o motivadora): “Claro que puede. Dile que lo haga”. Y lo
hizo. Quizás en su cerebro le dijo: “Es verdad, puedes hacerlo. Te doy la
instrucción. Hazlo”.
¡Santi
flexionó el pie! No me canso de decirlo. Ha sido uno de los momentos más
maravillosos de su desarrollo.
Y creo
que ahí está la lección (sip, me puse reflexiva). Muchas veces me pongo –nos ponemos–
trabas mentales. Porque siento que no puedo, porque no me digo que puedo. Así
que, de ahora en adelante, me diré que sí puedo. Puedo flexionar hacia arriba.
Puedo hacer más de lo que hago. Puedo ser más (y mejor) de lo que soy.
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